Tributo a una noche de verano
Cuando el desván
se nos queda pequeño
y reunimos suficiente valor
tras el estallido ciclogenético,
nos disfrazamos de titanes benévolos
que no devoran a sus hijos
para así engañar a las esfinges
y llegar a la Torre de Marfil
donde nos esperan espejismos
de ese pasado que siempre fue mejor,
pero no.
Donde nos esperan los discordantes ecos
de una voz de luna,
mujer satelital en eterna elipsis
que nuestros pensamientos circunda,
perseguida por el lobo
que hacia el oeste la empuja
en carrera interminable
por el ansia de engullirla
y regurgitar la nada,
descomunal conflagración
de anodinas ánimas
que han perdido la esperanza,
pobres estrellas beodas
que se desmoronan
sin el poder de la Alhaja,
ahora, en posesión
de dos hombres sin causa
embozados tras las máscaras
de magnánimos colosos
que solamente buscan
escapar de la realidad
que los aprisiona.
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| Dos hombres sentados a la mesa |

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