domingo, 12 de agosto de 2018

El poder de una palabra...

Campeón

El impacto crea una flor carmesí
por la que escapa mi hálito.
Caigo arrodillado y confuso
arañándome el ánima
e intentando sujetar
los fragmentos translúcidos
que se deslizan entre mis dedos
al tratar de taponar la herida.

Impotente,
observo en derredor
este aciago campo de batalla,
cúmulo de barro y sangre,
en el que perezco una y otra vez
con diferentes rostros.
Veo marcas de mis manos,
mis rodillas, mi torso,
mi espalda mirando al cielo,
mi pecho sucio y embarrado,
mi semblante desencajado, macilento.

Terco, me levanto,
escupo mi orgullo
y Sísifo me sonríe
con las manos ensangrentadas
sabiendo que ouroboros
está masticando su propio extremo.

Entre la multitud de cuerpos
veo la figura
de un anciano y su cuervo.
Decepcionado,
me observa con su único ojo
mientras su lanza mira al cielo
y las altivas valquirias
dibujan círculos concéntricos
en clara señal de desprecio.

Arranco mi corazón
y lo coloco en un altar
a la espera de que
el ave carroñera
tenga a bien devorar
el primer bocado
que la lleve hasta mí
y descuartice los restos
de un cuerpo
que no reclama ningún dios.
Pero esa rapaz
se ha cansado de mí,
no le gustan mis entrañas
ni su sabor a vórtice,
escupe los sanguinolentos pedazos
y se aleja con un graznido
mezcla de risa y amenaza.

Desconsolado,
caigo nuevamente de rodillas
y lloro arena
que uso para limpiar
la sangre de mis manos
antes de que el negro chacal
venga a lamer mis heridas
y cerrarme así 
las puertas del inframundo,
condenándome a deambular
a la espera de un juicio 
que no se celebra nunca,
cuyo volátil adagio
atrae a la gran serpiente
representante del caos 
en el que me hundo.


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