¿Tu problema? Yo te diré cuál es tu problema, amigo mío. Niegas tu realidad, lo que eres.
Te piensas por encima de todo esto, como si fuéramos parte de una broma que sólo tú entiendes. Hazme caso maldita sea, tú y yo somos iguales. Lo sé bien. No pongas esa cara, no a estas horas. Ahora deja esa copa un minuto, eso es, y escúchame bien.
Anoche, un hombre que nunca había visto por aquí se sentó en la banqueta que estaba a mi lado, y con aire ausente me contó cómo había perdido todo su dinero en el casino. Quizás fuese el alcohol, o tal vez la iluminación anaranjada de las lámparas colgantes sobre sus facciones, el caso es que hubiera jurado que a aquel pobre diablo le importaba un comino haberse quedado sin blanca. Había algo de maravilloso en aquella tragedia.
Entonces, desde la esquina más cercana de la barra, un trasnochado eterno aspirante a escritor que frecuentaba el local -y que por cierto no perdía ocasión para colarse en conversaciones ajenas con alguna de sus ocurrencias-, empezó a recitar apasionadamente a un volumen más alto del habitual:
si vas a intentarlo, ve hasta el
final.
de lo contrario, no empieces siquiera.
si vas a intentarlo, ve hasta el
final.
tal vez suponga perder novias,
esposas, familia, trabajo y
quizá la cabeza.
tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días.
tal vez suponga helarte en el
banco de un parque.
tal vez suponga la cárcel,
tal vez suponga humillación,
tal vez suponga desdén,
aislamiento.
el aislamiento es el premio,
todo lo demás es para poner a prueba tu
resistencia, tus
auténticas ganas de
hacerlo.
y lo harás
a pesar del rechazo y de las ínfimas probabilidades
y será mejor que
cualquier cosa
que pudieras imaginar.
si vas a intentarlo,
ve hasta el final.
no existe una sensación
igual.
estarás solo con los dioses
y las noches arderán en
llamas.
hazlo, hazlo, hazlo,
hazlo.
hasta el final, hasta el final.
llevarás las riendas de la vida hasta la
risa perfecta, es por
lo único que vale la pena
luchar.
Roll the dice. Por Charles Bukowski Sírvase frío.
Se recomienda un consumo responsable. Mi pequeño homenaje a los "Bukowski Brothers".
El silencio me pertenece igual que me pertenece mi vida y hago con ella lo que deseo, incluso hacerla desaparecer con un último gesto cobarde, egoísta, valiente, piadoso e incluso altruista y violento. Como iba diciendo, el silencio me pertenece y callo cuando quiero. Creo cúpulas silentes que utilizo a mi antojo para acallar las voces que perturban mi quietud, cúpulas de cristal generadoras de escenas mudas e inofensivas, tan inocuas como el odio de los muertos recientes.
Poseo el don del silencio, el don invisible, la extraordinaria capacidad de arrastrar las hojas inertes y quebradizas de un otoño impuesto. Levito de un lugar a otro sin ser descubierto ante las miradas incrédulas de los que intentan explicar el sentir de caricias traslúcidas carentes de sentido, henchidas de olvido.
Sé que el silencio me pertenece, mas en ocasiones lo detento como algo robado, lo defiendo con temor a que los reos de las cúpulas destruyan sus prisiones silentes para reclamar la voz que les fue negada, para reclamar conocer el origen del viento y sus razones. Me niego a revelar mis secretos, sobre todo los que moran en las mazmorras más profundas y oscuras, los que tienen el poder de perturbar sueños despiertos.
Me resisto y huyo invisible antes de que me atrapen, antes de que descubran el origen del viento, antes de que recuerden de dónde surgieron esos dedos gentiles y ásperos que jugaban a ser brisa de otoño. Huyo y me resisto a confesar, deslizándome de sombra en sombra, oculto mientras observo la desesperación de mis frustrados captores sin trofeo con el que regresar.
Cuando se marchan sonrío y continúo mi camino, continúo aferrándome a mi posesión más preciada: la nada del sonido.
Expulso fragmentos de alma por las pupilas, segrego volutas de espíritu que ya no puedo contener y emanan a voluntad sin que yo pueda hacer nada, son sus propias dueñas.
Intento agarrarlas en un último gesto desesperado, pero, como el humo, se deslizan entre mis dedos para escapar a mi control y sólo me queda observar su ascenso hacia un lugar al que no tengo acceso.
No sé si existe un límite, si los fragmentos son finitos y llegue el día (o la noche) en que no tenga nada que extraer de la oquedad de mi interior, por eso, mientras lo averiguo seguiré exhalando astillas de ánima a un ritmo incierto, sin ningún poder sobre el cómo ni el cuándo, continuaré observando cómo se escapan cuando menos lo espero.