lunes, 10 de agosto de 2015

El Mutismo del Viento

El silencio me pertenece igual que me pertenece mi vida y hago con ella lo que deseo, incluso hacerla desaparecer con un último gesto cobarde, egoísta, valiente, piadoso e incluso altruista y violento.
Como iba diciendo, el silencio me pertenece y callo cuando quiero. Creo cúpulas silentes que utilizo a mi antojo para acallar las voces que perturban mi quietud, cúpulas de cristal generadoras de escenas mudas e inofensivas, tan inocuas como el odio de los muertos recientes.

Poseo el don del silencio, el don invisible, la extraordinaria capacidad de arrastrar las hojas inertes y quebradizas de un otoño impuesto. Levito de un lugar a otro sin ser descubierto ante las miradas incrédulas de los que intentan explicar el sentir de caricias traslúcidas carentes de sentido, henchidas de olvido.

Sé que el silencio me pertenece, mas en ocasiones lo detento como algo robado, lo defiendo con temor a que los reos de las cúpulas destruyan sus prisiones silentes para reclamar la voz que les fue negada, para reclamar conocer el origen del viento y sus razones. Me niego a revelar mis secretos, sobre todo los que moran en las mazmorras más profundas y oscuras, los que tienen el poder de perturbar sueños despiertos.

Me resisto y huyo invisible antes de que me atrapen, antes de que descubran el origen del viento, antes de que recuerden de dónde surgieron esos dedos gentiles y ásperos que jugaban a ser brisa de otoño. Huyo y me resisto a confesar, deslizándome de sombra en sombra, oculto mientras observo la desesperación de mis frustrados captores sin trofeo con el que regresar.

Cuando se marchan sonrío y continúo mi camino, continúo aferrándome a mi posesión más preciada: la nada del sonido.


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