Lapso entre dos luces
No importa el medio de transporte,
pues el ámbar siempre nos persigue,
parpadea incansablemente
con ese tono amenazador
que anuncia el fin del camino,
una parada obligada
que decelera nuestro ritmo
justo cuando llevamos mayor inercia
y nos creemos dioses del Olimpo.
Se fija el bermellón
y una chispa de consciencia
nos advierte de lo imprudente
de nuestra situación.
Se detiene el tiempo
a nuestro alrededor
y nos miramos socarronamente
sabiendo que no hay final
que nos despierte
de esta ensoñación
de dos hombres dementes.
Entonces,
clorofílica explosión,
bofetada de realidad,
la impaciencia de los terrestres
que no entienden
de viajes al espacio,
de nebulosas y agujeros de gusano,
de vivir más allá de lo tangible,
más allá de Orión,
que no entienden
este lapso de tiempo
ni su significación.
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