martes, 3 de mayo de 2016

La primera herida es la más profunda

Cuando el alma se te desgarra ya no existe forma posible de volver a fundir los fragmentos resultantes de semejante desolación para recuperar la aleación primigenia. El único remedio que nos queda es rescatar los pecios que vamos encontrando, recomponer las porciones de sustancia que han sobrevivido al naufragio y la mar insondable ha tenido a bien devolvernos.

Cuando la etérea flecha hiende nuestra entidad, quedamos a merced de cualquier taimado cazador sediento de voluntades quebradas; ávido trampero que enmaraña nuestra psique empoderándose sobre su particular montaña de miseria autoimpuesta, cual banshee anunciando nuestra propia muerte, proclamando el deceso de nuestra aquiescencia hasta anular el pundonor que nos pertenece.

Cuando se rasga el alma y el súbito venablo nos atraviesa arrebatándonos el hálito vital, sucumbimos por unos instantes al lapso que se toma el tiempo, ese receso interminablemente escueto y sin sentido que concluye en el momento en el que el corazón reanuda su efímera función, pero esta vez de forma diferente, desacompasada, a un ritmo incierto, casi imprudente, pues la forzosa deconstrucción lega pozos ciegos de aguas negras que se volatilizan abandonando los residuos en un vacío imposible de rellenar; “en estas condiciones no hay alivio posible, ni el bálsamo falaz de la nostalgia, ni el más firme consuelo del olvido”.


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